A ESTAS HORAS NO DEBE QUEDAR NADIE QUE NO SEPA QUE EL TRÁFICO AÉREO está suspendido por culpa de la erupción de un volcán islandés: sus cenizas son un peligro mortal para los aviones.
Éramos pocos y parió la burra: lo confieso, no me hace ni pizca de gracia volar y si bien yo llevaba este asunto con bastante dignidad, la psicosis que sufre mi marido ha hecho que asocie avión con catástrofe.
DÍAS ANTES DE COGER UN AVIÓN, MI CONSORTE SUFRE DE ANSIEDAD, SUDOR FRÍO y taquicardias, el mismo día quiere cancelar el vuelo y una vez en el aeropuerto identifica cualquier signo que ve, con la inminencia de un accidente aéreo, por ejemplo: que la chica de delante nuestro en la cola de embarque lleve un lazo rojo en la cabeza, no puede significar nada bueno, y yo, que soy fácil de convencer, Valium que me zampo.
CUANDO SUBIMOS AL AVIÓN, LA SUERTE ESTÁ ECHADA, LO MÁS SEGURO ES QUE NO LLEGUEMOS A NUESTRO DESTINO.
Durante el despegue, yo -drogada por los Valiums-, me encomiendo en silencio a todos los santos habidos y por haber, entretanto mi cónyuge por ser ateo, no tiene más remedio que aferrarse con todas sus fuerzas a los reposabrazos de los asientos.
NI QUE DECIR TIENE QUE NO SOLEMOS VOLAR MUCHO y después de lo del volcán, menos; así que, mientras no inventen la teletransportación, mi viaje a la Quinta Avenida, a los Mares del Sur y algún paraíso de esos de pulserita y todo incluido quedan suspendidos hasta nuevo aviso.








